Tenía los ojos azules como dos trozos de hielo, y luego supe por qué.
Tenía la cara pálida como la de los muertos, y luego supe por qué.
Tenía dos carpas pintadas en el cuerpo,
nadando juntas en su piel,
rodeándole con su abrazo resbaladizo de escamas sin color,
casi tocándose,
nadando entre olas de tinta negra,
y ni siquiera él, supo por qué las tenía.
Fue una noche de abrazos cálidos y besos largos,
de caricias y calor humano,
buscando el uno en el otro,
lo que habíamos perdido en otros.
A la mañana siguiente seguimos buscando,
con las manos y con los labios,
algo que ya habíamos perdido en otros abrazos.
Yo no encontré lo que perdí y seguramente él tampoco.
Pero supe que aquellos dos trozos de hielo,
eran lágrimas heladas en sus ojos,
como helada quedo su sangre dejándole la piel mortecina,
cuando ella se marchó con otro.
Tal vez el también supo leer algo en mí.
Nunca lo sabré.
Igual que nunca sabré la leyenda de aquellas dos carpas,
que se buscaban, sin llegar a tocarse, en el húmedo estanque de su piel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario