Cada ser humano debería tener al menos una cosa,
que de forma absurda e inconsciente,
le haga ser feliz.
Por supuesto hay muchos placeres comunes a la raza humana: comida, sexo, sueño, calor, amistad, amor....
básicos o elevados, mundanos o místicos.
Pero no son esos a los que me refiero hoy.
Si no a esos otros pequeños(o grandes placeres) que hacen vibrar nuestro alma de una forma mágica, casi infantil,
y nos regalan una felicidad efímera y deliciosa.
Por lo general nos dibujan una sonrisa en la cara de la que nadie más en el mundo entiende la razón,
pero no importa porque para nosotros esa felicidad es real.
No sé porque pero cada vez que una pluma pasa volando frente a mis ojos, meciéndose lentamente hasta el suelo,
siento que algo bueno va a suceder.
Con la nieve me ocurre lo mismo.
Me invade una extraña sensación de paz y de seguridad,
como si de alguna forma ese silencio que acompaña a la nieve al caer me diera una paz nueva, tan fría y tan blanca como la nieve.
Siempre intento atrapar las plumas que vuelan ante mis ojos...
y siempre intento cazar copos de nieve.
Absurdo, ¿verdad?
Nadie entiende mi felicidad...
pero es real.
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