miércoles, 16 de marzo de 2011

Temblores que hacen temblar.

Uno núnca es lo suficientemente consciente de lo pequeño que es,
pero siempre hay quien se encarga de hacértelo saber.

Puede ser un amigo, un compañero de trabajo, un desconocido o el mismísimo mundo.

Nos hacen descubrir lo insignificantes que somos;
impotentes, indefensos, como niños.

Hasta los más poderosos caen de sus tronos de oro,
Josefine una humilde abuelita senegalesa me lo dijo con total clarividencia,
supongo que con esa clarividencia que te da la edad,
"en la vida a veces estás encima de la ola, a veces estás debajo,
y nadie sabe dónde estarás mañana".

En ocasiones esas olas no son figuradas,
sino reales y arrasadoras,
bestias que deboran ciudades completas cambiando,
cuando no segando, la vida de la gente.

Son grandes catástrofes que miramos desde un lugar lejano y seguro,
en el que tál vez núnca nos afecten,
son escenas tan irreales, tan duras,
que en ocasiones resulta más sencillo pensar que no son ciertas.

Pero lo son.

Son el día a día de alguien como tú,
que como tú un día se levantó en lo alto de la ola,
tranquilo y confiado en que al final del día seguiría ahí.

Pero no fué así.

Siempre he sido muy consciente de  lo afortunada que he sido,
he nacido en el lado correcto del mundo, en la familia correcta y
en el momento histórico correcto,
y aunque en ocasiones me queje de mi suerte, (la suerte de I...),
y aunque cada día soy más consciente de la suerte que tengo,
hoy creo que no lo soy lo suficiente.

No, definitivamente no lo soy.

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