Aún recuerdo cuando lo cogí por primera vez en mi mano,
aquella maraña gris de pelo apenas la ocupaba,
y eso que por aquel entonces yo sólo tenía nueve años.
Unas semanas después,
él con los ojos ya abiertos,
y yo con diez años recién cumplidos,
nos fuimos juntos a casa.
Que dejó de ser mi casa, para convertirse en la suya.
Tan pequeño que mi madre le llevaba sobre las zapatillas,
y ya se sentía el rey del lugar,
un maharajá,
ese fue su primer nombre.
Pero a veces sentía miedo, frío o simplemente,
la imperiosa necesidad de compañía,
buscaba mi regazo y me lamía con su lengua áspera,
mientras con sus patitas me "arañaba".
Un pequeño ovillo de mañas,
Maña,
ese fue su último nombre.
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